Es verdad que 100 °C es una temperatura muy a menudo asociada con la ebullición del agua.
Sin embargo, esta ebullición obligatoriamente no se hace siempre a 100°C. Tomemos un ejemplo.
Usted decidió cenar al borde de mar y comer huevos duros. Usted prepara pues su cacerola y su hornillo con el fin de hervir agua.
Usted enciende, ya está bien, no queda más que esperar. Cuando el agua hierve, usted pone los huevos en la cacerola. Diez minutos más tarde, los huevos están listos y usted para el hornillo. Cuando usted come los huevos, son cocidos: todo está bien.
Algunos días más tarde, sus paseos se le llevan en montaña. Adepta ferviente de los huevos duros, usted saca la cacerola, el hornillo, el encendedor.
Cuando el agua hierve, usted pone los huevos en la cacerola. Diez minutos más tarde, usted para el hornillo. Lógicamente, los huevos deberían ser cocidos...
¡ Cuando usted quiere saborear sus huevos, usted comprueba que los colores amarillos no son duros, aunque que usted los haya dejado 10 minutos en el agua hirviente, exactamente como usted lo había hecho a orillas del mar!